lunes, 4 de febrero de 2013

¿Trabajando con su enemigo?



A lo largo de estos años como traductora y como directora de una agencia de traducción, he tenido oportunidad de trabajar con numerosos clientes de sectores muy distintos: servicios públicos, hostelería, construcción, publicidad y comunicación, deportes, etc. 

A través de nuestra estrecha colaboración, sostenida básicamente por una atención personalizada y un contacto muy directo con cada uno de ellos, he conseguido en la mayoría de los casos (por no decir en todos) ganarme su confianza y trabajar en un estupendo ambiente de cordialidad y respeto.

Sin embargo, por muy buena y estrecha que sea la relación con los clientes y por muy diferentes que sean los sectores y las circunstancias de la colaboración, por regla general se aprecia un denominador común: el componente de escepticismo del que les cuesta horrores desprenderse.

En efecto, los clientes se muestran muy reacios a depositar su confianza plena en el traductor. Evitan desvelar ciertas informaciones o enviar documentos que pueden servir de grandísima ayuda para que los intérpretes se preparen su trabajo y todo ello por miedo a que se filtren los datos. Soy consciente de que a veces los traductores y los intérpretes manejamos información con un alto contenido confidencial pero los clientes deberían despreocuparse en este sentido y entender que estamos de su lado y que somos un eslabón más en su cadena laboral.

El traductor debe ser considerado como un miembro de su equipo y no como un “enemigo” al que hay que darle cuanta menos información mejor. Al contrario, cuanto más implicados estemos en su empresa, mejor saldrá nuestro trabajo. Cuanto más estrecha y transparente sea la relación, más ventajoso resultará para ellos.

El cliente debería confiar en el traductor, como el paciente lo hace en su médico o la pyme en su gestor.
Llegado a este punto yo me planteo qué necesitan los clientes para llegar a confiar plenamente en nosotros. Para mayor tranquilidad suya, ya firmamos un contrato de confidencialidad al inicio de la colaboración. Cosa que, por otro lado, no se hace con otras profesiones porque, como diríamos en mi lengua de trabajo “Ça va de soi”, es decir, se da por hecho. 

Y quizás esto nos lleva al tema al que siempre llegamos cuando hablamos de otros aspectos de la traducción como puede ser el de las tarifas, la calidad de las traducciones, etc. La traducción es una profesión y no un pasatiempo. Los que trabajamos en esto somos profesionales que como mínimo hemos obtenido un título universitario y en la mayoría de los casos un máster o unas oposiciones para obtener el título de intérprete jurado y tenemos muchos años de experiencia a nuestras espaldas. No traducimos porque pasamos un par de veranos en Dublín cuando teníamos 15 años o porque tuvimos una novieta francesa. Traducimos porque somos traductores (o intérpretes) profesionales, con todo lo que esto implica.

Hace pocas semanas un cliente contrató los servicios de un intérprete para una reunión con una Consellería. Al recibir el presupuesto, el cliente comentó “¡Qué barbaridad! Pero si el traductor (por intérprete, claro) cobra casi como un abogado…”.

Mucho me temo que aún nos queda un largo camino por recorrer hasta que nuestra profesión reciba el reconocimiento que se merece. Mientras tanto, los que nos dedicamos a esto debemos seguir perseverando para conseguir que se nos respete desempeñando nuestro trabajo con rigor y profesionalidad pues, al fin y al cabo, la mejor manera de ganarse la confianza del cliente es el trabajo bien hecho.

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